sábado, 18 de febrero de 2012

La Palabra Diaria

Hechos 27:
El apóstol Pablo es acusado, tomado preso, y él apela a Roma. Mientras era llevado:
Cuando se decidió que navegáramos a Italia, entregaron a Pablo y a otros presos a un centurion, llamado Julio, de la legión Augusta. Nos embarcamos en una nave adramitena que iba  a tocar  los puertos de Asia. Aristarco, macedonio de Tesalónica estaba con nosotros.. Al siguiente día llegamos a Sidón. Y Julio trató humanamente a Pablo, y le permitió  ir a ver a sus amigos, para ser atendidos por ellos. Haciéndonos a la vela desde allí, navegamos al abrigo de Chipre, porque los vientos eran contrarios. Y habiendo pasado el mar de Cicilia y Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia. Allí, el centurión encontró una nave alejandrína que iba a Italia, y nos puso en ella.
Navegamos muchos días despacio, y a duras penas llegamos frente a Gnido. Como el viento nos impedía, navegamos al abrigo de Creta, frente a Salmón. La costeamos con dificultad, y llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca de la ciudad de Lasea.  Habiendo pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, porque había pasado el ayuno, Pablo les advirtió: "Señores, veo que la navegación va a ser con peligro y grave daño, no sólo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras personas". Pero el centurión creía más al piloto  y al patrón de la nave que a Pablo. Y como el puerto era incómodo para invernar, la mayoría acordó pasar de allí, por si pudieran arribar a Fenice, un puerto  de Creta que mira al noroeste y suroeste, para invernar allí.
Cuando empezó a soplar un suave viento sur, les parecio que ya tenían lo que deseaban, levantaron anclas y fueron costeando a Creta. Pero pronto se desencadenó contra la nave un viento huracanado, procedente de la isla, llamado euroclidón. La nave fue arrastrada, y no pudiendo ponernos de cara al viento, nos abandonamos a él, y nos dejamos llevar. Y habiendo navegado por la isla de Clauda, apenas pudimos levantar el bote. Cuando lo subieron a bordo, usaron los cables para señir la nabe. Y por temor a encallar en la Sirte, bajaron el ancla y quedamos a la deriva. Al día siguiente, combatidos por una furiosa tempestad, aligeraron la nave. Y al tercer día con nuestras manos arrojamos  los aparejos de la nave. Pasamos muchos días sin ver el sol ni las estrellas. Con la gran tempestad que nos azotaba, perdimos toda esperanza de salvarnos.
Entonces, como hacía mucho que no comíamos, Pablo se puso de pie en medio de ellos, y dijo: "Señores, hubiera sido mejor haberme oído, y no salir de Creta, y evitar este inconveniente y esta pérdida. Pero ahora os insto a que tengáis buen ánimo; porque ninguno de vosotros se perderá,  sino sólo la nave. Porque esta noche se me presentó el ángel del Dios de quien soy, y a quien sirvo, y me dijo: "Pablo no temas". Es necesario que seas presentado ante César.  Y Dios te ha dado a todos los que navegan contigo". Por tanto, tened buen ánimo, porque yo confío en Dios que sera sí como me ha dicho. Con todo, tenemos que encallar en una isla.
Venida la décimo cuarta noche, y siendo llevados a través del mar, Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que estaban cerca de tierra. Echaron las sondas y hallaron  veinte brazas (36 mts.). Un poco más tarde, volvieron a echar la sonda, y hallaron 15 brazas (27 mts.). Y temiendo dar en escollos, echaron cuatro anclas de la popa, y ansiaban que se hiciera de día. Entonces los marineros procuraron huir de la nave. Echaron el bote al mar, aparentando que querian largar las anclas de proa. Pablo dijo al centurión y a los soldados: "Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podréis salvaros". Entonces los soldados cortaron las cuerdas del bote y lo dejaron perder.
En tanto que amanecía, Pablo exhortaba a todos a que comiesen, diciendo:  "Hoy es el décimocuarto día que esperais y permanecéis en ayunas, sin comer nada. Por tanto, por vuestra salud, os ruego que comáis, que ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Habiendo dicho esto, tomó el pan, dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, empezó a comer. Entonces todos teniendo ya mejor ánimo, comieron ellos también. Eramos 276 personas en la nave. Satisfechos de comida, aliviaron la nave, echando el trigo al mar.
Cuando se hizo de día, los marineros no conocían la tierra. Sólo veían una ensenada con playa, y acordaron echarla nave contra ella. Cortando las anclas, las dejaron en el mar y aflojaron también las ataduras de los otros timones. Después alzaron la vela mayor al viento, y enfilaron hacia la playa. Y dando en un banco de arena, bañado por ambos lados del mar, encallaron la nave. La proa quedó hincada, sin moverse, y la popa se abría con la violencia de las olas. Entonces los soldados acordaron matar a los presos, para que ninguno se fugase. Pero el centurión, por salvar a Pablo, impidió el acuerdo, y mandó que los que pudieses nadar, se echasen primero y saliesen a tierra. Y los demás  salieron en tablas y despojos de la nave. Así, todos llegaron salvos a tierra.