viernes, 19 de febrero de 2010

La Palabra Diaria

Hechos 9: 1 - 11

Saulo, respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si hallase algunos hombres o mujeres de ese Camino, los trajese presos a Jerusalén.

Yendo por el camino, al acercarse a Damasco, de repente lo cercó un resplandor de luz del cielo; y cayó en tierra, y oyó una voz que le dijo:
"Saulo , Saulo, ¿por qué me persigues?"

Saulo preguntó: "¿Quién eres, Señor? Y él replicó: "Yo Soy Jesús, a quien tú persigues. Dura cosa te es dar coses contra el aguijón". Entonces él, temblando y temeroso, dijo: "Señor, ¿qué quieres que haga?"
El Señor respondió: "Levántate, entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer".

Los hombres que iban con Saulo, se habían detenido atónitos, porque habían oído la voz, pero no habían visto a nadie. Entonces Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía abierto los ojos, no veía nada. Así lo llevaron de la mano hasta Damasco.  Allí estuvo tres días sin ver. Y no comió ni bebió.

Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión:  "Ananías".
Y él respondió: "Aquí estoy, Señor".  El Señor le dijo: "Levántate y ve a la calle que  se llama Recta.
Busca en casa de Judas a un hombre de Tarso llamado Saulo, porque él está orando.  Y ha visto en visión a un hombre llamado Ananías, que entra, y le impone las manos, para que recobre la vista".